Anatomía de la hipocondría

Por: / Ilustración: Liliana Ospina / Marzo 2023

El estigma que pesa sobre la palabra hipocondría hace que quienes la padecen sean incluso señalados por sobrecargar los recursos del sistemas de salud.

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Supongamos que usted siente un dolor de estómago fuerte y de una intensidad desconocida y como no le pasa, le llama la atención. Supongamos que, en cuestión de horas decide ir al médico. Está preocupado, como es apenas lógico: nada es tan importante como su salud. Y eventualmente, los profesionales de la salud lo revisan y le toman algunos exámenes para saber si algo grave está pasando. Digamos que, según toda la evidencia disponible, usted parece estar bien, le dan de alta y lo mandan para la casa con suero y algo para la molestia y el dolor. 

Digamos que usted continúa su vida, hasta que, un par de días después, algún comentario o recuerdo lo pone a pensar de nuevo, y usted comienza a buscar sus síntomas en internet. Y digamos que sin darse cuenta cómo, al cabo de dos o más horas, dos o más días metido en Doctor Google usted queda genuina e invariablemente preocupado. Puede que en algún momento del proceso usted tenga un instante de lucidez y piense en que ya lo revisaron en la clínica y le dijeron que estaba bien. Entonces puede que usted se cuestione si todo esto podría ser producto de su propia inquietud y que para ese entonces usted se pregunte…

¿Será que soy hipocondríaco?

La respuesta es que probablemente no, usted no es hipocondríaco. A no ser que su preocupación persista o haya persistido por meses, independiente de que tenga síntomas o sus exámenes diagnósticos le indiquen una y otra vez que usted no está enfermo. Y si es así, es recomendable que consulte para perfilar adecuadamente lo que está sintiendo.

“Inicialmente el hipocondríaco no sabe que lo es”, aclara Rosana Gluck, psiquiatra adscrita a Colsanitas. “Es una persona que está convencida de su enfermedad y está dispuesta a encontrar respuestas, soportes clínicos. Es característico que rote por diferentes especialidades y que, sólo después de muchos ires y venires, llegue a psiquiatría, porque los otros especialistas han concluido que no hay nada. También es usual que el paciente se rehúse a consultar en psiquiatría, hasta que una señal le haga sentir o pensar que, efectivamente, puede que algo emocional esté correlacionado con lo que está sintiendo”.

Además, el estigma que pesa sobre la palabra hipocondría hace que no se les tome en serio y que quienes la padecen sean incluso señalados por sobrecargar los recursos de los sistemas de salud. “Las personas que tienen hipocondría buscan algo que no está bien y tienen razón, efectivamente así es, pero tardan en buscar en el lugar adecuado”, agrega la doctora Gluck.

Una historia larga de anatomía y comedia

Según un artículo publicado en la Revista Argentina de Radiología, el término hipocondría viene de una región anatómica: la zona cartilaginosa donde terminan las costillas. Los hipocondrios (“cartílago de las costillas” en griego) son las regiones donde se alojan el hígado y el bazo, responsables de secretar la bilis y, en la medicina antigua, la bilis negra, el humor que, por su exceso, se creía que inducía a algunos individuos a padecer un estado nervioso y decaído, “melancólico”. Por siglos, a la preocupación extrema por la salud se le atribuyó por causa el desbalance de humores secretados en estas regiones del torso y de ahí surgió el nombre.

Sin embargo, la popularidad cómica, común y moderna del término hipocondría se debe ampliamente a Jean Baptiste Poquelin, mejor conocido como Molière, el gran dramaturgo y comediante de la corte de Luis XIV de Francia. La última obra que escribió y actuó este hombre de ingenio y humor mordaz fue El enfermo imaginario (1673), una sátira sobre Argán, un hipocondríaco que vive asolado por una corte de médicos y boticarios oportunistas. El Diccionario histórico de la lengua francesa (2011) reconoce esta obra como uno de los registros más tempranos del uso de la palabra hipocondríaco en su sentido moderno, pero aún más sorprendente es que Molière —hipocondríaco él mismo— agonizó en la escena interpretando al personaje de Argán, mientras era ovacionado por un público que reía y celebraba lo que creían era su mejor actuación.

Sin embargo, al día de hoy la palabra hipocondría no tiene el valor diagnóstico y clínico de antaño, pues su causa se ha dejado de rastrear en los hipocondrios para encontrarla en la psique y, además, para particularizar las distintas presentaciones que puede tener.

HIPOCONDRIA CUERPOTEXTO

Una mirada actual a la ansiedad y los trastornos del miedo a la enfermedad

El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría en su quinta edición (DSM-5) tiene un capítulo dedicado al grupo de trastornos mentales relacionados exclusivamente con la preocupación por la salud y los síntomas fisiológicos. En la introducción al capítulo, señala que no es la falta de explicación médica lo que hace que un paciente tenga hipocondría, sino la persistencia de la ansiedad o la conducta relacionada con la preocupación de estar enfermo. Hay tres trastornos en particular que se corresponden con distintas conductas que vulgarmente asociamos a la palabra hipocondría:

- El Trastorno de Ansiedad por Enfermedad, caracterizado por una ausencia de síntomas (o presencia de unos muy leves) y una ansiedad desmedida, asociada al temor y al convencimiento de padecer o estar por adquirir una enfermedad grave. La angustia es real, constante y persiste a lo largo del tiempo, mientras que el motivo (la enfermedad temida) puede variar. 

Si esa preocupación surge de la búsqueda incesante y ansiosa de información diagnóstica en internet, la persona podría estar sufriendo de cibercondría. Sin embargo, la doctora Gluck señala que, “la ansiedad que te produce buscar tus síntomas no viene de poder acceder a esa información sin criterios suficientes para diagnosticarte; la sientes, porque ya eres ansioso, bien por un trastorno, bien por una situación que te hace sentir la necesidad obsesiva por dar con una respuesta y a mimetizar tu experiencia con los síntomas que estás leyendo”. 

- El Trastorno de Síntomas Somáticos, caracterizado por la presencia de uno o más síntomas, incluso asociados a una enfermedad o condición médica preexistente, pero que producen una ansiedad y fijación desmedida y persistente que puede llegar a ser incapacitante para el que lo padece.

- El Trastorno Facticio o Síndrome de Münchhausen, por otra parte, es propio del paciente que finge tener síntomas, se los induce o altera muestras en pruebas diagnósticas (entre otros recursos semejantes) para poder buscar y recibir atención médica sin que esto le traiga un beneficio aparente.

Para diagnosticar a un individuo con uno de estos trastornos se debe dar cuenta de múltiples episodios o de la persistencia de los síntomas y criterios diagnósticos por al menos seis meses. Para el diagnóstico diferencial es importante que estos signos no hagan parte de un repertorio más amplio de conductas u obsesiones como podría suceder con un Trastorno Obsesivo Compulsivo o un Trastorno de Ansiedad Generalizada, entre otros posibles, pues el problema del individuo es únicamente con su salud, “el paciente se identifica a sí mismo como enfermo y evidencia dificultades claras para salir de esa idea y del ciclo de policonsulta en que vive para tratar de definir lo que le sucede. Y el centro de sus preocupaciones está clarísimo: es el cuerpo y su estado”, señala la doctora Gluck. 

Opciones de tratamiento

“El tratamiento de elección siempre es la psicoterapia”, señala la doctora Gluck. “Ya después uno puede mirar si hay que acompañar con algún fármaco que lo ayude a controlar la ansiedad u otra cosa, incluso otro trastorno que esté incapacitando o haciendo inmanejables los efectos de esta angustia en su vida. Pero lo central es, desde la psicoterapia, acompañar al paciente a descubrir qué es aquello que lo está llevando a esto para que el paciente pueda identificar que hay algo emocional que se está trasladando o expresando en su cuerpo, para que trabaje en expresarlo y abordarlo de otro modo”. 

A la pregunta de qué pronóstico hay respecto a la terapia y a la posterior recuperación, la doctora Gluck es clara, “hay que trabajar en la relación que tienen con las fuentes de información para lograr que acepten los resultados diagnósticos y que el uso de la información disponible en internet no desencadene ni mantenga activos los episodios. Si el paciente tiene una postura y una adherencia constante al tratamiento, el pronóstico de recuperación puede ser muy bueno. Pero hay que estar dispuesto y tener paciencia, porque los que esperan resultados en una semana se pueden decepcionar muy fácilmente y desistir del proceso que sí los va a ayudar de veras”.

 

*Historiador y escritor. Colaborador permanente de Bienestar Colsanitas y de Bacánika.

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